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sábado, 6 de agosto de 2016


LUISA DE CARVAJAL LA ESPAÑOLA INGLESA

 

El 2 de agosto 1615 zarpaba del puerto de Southampton el “María Luisa de Londres” rumbo a Laredo con los restos mortales de doña Luisa de Carvajal fallecida un año antes, diz que de pulmonía, después de estar presa en el presidio de Newgate a causa de sus ideas religiosas, aunque lo más probable es que fuese envenenada por orden del obispo anglicano de Cantorbery, Robert Abott. Padeció agonía dolorosísima, lo que indica fuese víctima de las hierbas.

Sólo tenía 48 años de los que pasaría en Londres cerca de diez, sumida en la mayor pobreza, sin llegar a dominar bien la lengua, tratando de ayudar a los súbditos de su majestad graciosa, que se resistían a abandonar la fe romana, por lo cual eran encarcelados torturados o ajusticiados; corrían tiempos recios.  

Y esta audaz mujer viviendo en la indigencia y de la caridad de los embajadores españoles en la corte de san Jaime en aquel tiempo (el conde de Gondomar, Pedro de Zúñiga, Alonso de Velasco, Bernardino de Mendoza) “in partibus infidelium” acariciaba un ideal quijotesco: la conversión de los ingleses.

Visitaba esta señora española las cárceles, asistía a los enfermos y recogía las reliquias de aquellos que morían por la fe de Cristo, socorría a los veteranos de los tercios de Flandes que vagabundeaban por la corte de Jacobo I. Las autoridades la acusaron de espionaje.

Mar gruesa en el Canal de la Mancha estuvo a punto de estrellar el castillaje y toda la obra muerta del galeón contra las rocas de Normandía y la nave hubo de regresar al punto de partida y ser reparado.

Los que conducían el cadáver, una comitiva expedida por don Diego Sarmiento y Acuña, uno de los más prestigiosos embajadores que tuvo el reino de España en el Reino Unido a las órdenes del Duque de Lerma, tomaron tierra en Fuenterrabía al cabo de dos meses de navegación.

Algunos vieron en esta azarosa singladura una señal de que aquella monja seglar (beguina) que había ido a Inglaterra a misionar y a convertir “herejes” se resistía a dejar atrás los blancos acantilados de Dover.  

Ella dijo que el destino le condujo a aquellas islas de conjuras y de perfidias siguiendo una llamada del altísimo. Su estancia londinense residiendo en casas de ínfima salubridad y pobreza, de la Barbacana, Chiswick o el Cheapside, fue un perenne suplicio.

Está claro que aquel empeño que la condujo a tierra de infieles fracasó. Los ingleses incluso los que practicaban la fe católica la consideraban una vagabunda. No obstante, resistió a las presiones, tanto de los diferentes embajadores como de su familia y algunas de las compañeras que secundaron su labor en aquel beaterio húmedo e insalubre a orillas del Támesis, para que regresara a la Península.

Pasó hambre, vivió de limosna, cuando no podía vender los encajes de blonda y las casullas bordadas de oro pues había aprendido el oficio de hilandera en Madrid, sacaba algún dinero.

María Luisa Pinillos Iglesias en su impresionante biografía sobre esta pobre señora la define como la “hilandera de Dios”[1].

Alta la frente despejada cubierta con un monjil las manos juntas y una mirada bondadosa y trascendida por una luz mística, de rodillas ante un libro de rezos, en el único retrato que se conserva, obra de Sánchez Coello (rompió todos pues no quería lisonjas ni que alabaran su belleza, sólo sufrir y padecer por Xto.) algunos encuentran en su semblante trazas de loca.

Luisa no se compadece con la noción de místico castellano del Siglo de Oro. Es un caso único dentro de su especie. Y un caso ignorado por la historia. Acaso por sus orígenes porque, en contra de lo afirmado por sus biógrafos, pudo ser una hija natural del Duque de Lerma, don Francisco de Rojas, marqués de Denia. Habida de sus amores con la cacereña doña Inés de Vargas a la que casó con Rodrigo Calderón, aquel que murió en la horca y según Federico C. Sainz de Robles[2], “cornudo de condición”.

A ambos personajes trata la vidente con veneración y loables consejos en sus cartas, pues uno era su padre putativo y el otro su padre natural al objeto de que esta bordadora fuese adoptada por los  Mendoza.

El destino de la bastardía en aquella España tan estamental era el convento pero -otro signo de rebeldía amparada por heroica humildad, quizás- ella fue refractaria a tomar hábito en una orden de clausura y quiso permanecer en el siglo. Fue inhumada en el convento de Porta Coeli de Valladolid y se le dispensaron honras fúnebres en las ciudades importantes (Sevilla, Cáceres, Almazán. Madrid).

No se cumplió su deseo de recibir cristiana sepultura en la iglesia de los jesuitas de Lovaina. Reinaba Felipe III. La Carvajal es una de las personalidades más seductoras e interesantes del movimiento místico español. No se trata de una “deixada” sino de una “abatida” que quiso seguir al Señor desde el menoscabo y desdén del mundo sus pompas y vanidades

El IV Centenario de Luisa de Carvajal coincide pues con el V de Teresa de Jesús. Si la reformadora del Carmen, según expongo en mi libro “Teresa la conversa”, tuvo una visión mesiánica en la que contempló cómo caían incesantemente almas en el infierno a causa de las guerras de religión en el norte europeo, esta briosa extremeña que ni siquiera profesó en una orden religiosa regular aunque estuvo muy relacionada con las agustinas recoletas del monasterio madrileño de la Encarnación, materializa el sueño carmelitano de ir a convertir herejes. Marchó a tierra de moros, como hizo Teresa de niña acompañada de su hermano Rodrigo.

Sólo que los británicos tan coriáceos, tan suyos y tan renuentes a ser pastoreados por extranjeros resultaban un hueso tan rudo de roer como los propios mahometanos, que rara vez se convierten al catolicismo. Lo que buscaba en realidad doña Luisa era el martirio. Deseaba ser mártir, demostrando un arrojo y una valentía poco frecuente en la iglesia católica de su tiempo y mucho menos hoy. Quijotesco propósito poco realista pero que no merma el temple y el coraje de esta feminista a lo divino, verdadera hija de la raza, de españoles y de españolas colosales tallados en piedra berroqueña. Representa en sus extremos las grandezas y miserias de un país. Una aventurera y una conquistadora al estilo extremeño como Hernán Cortés, Pizarro, Pedro de Alvarado, Valdivia, o Núñez Cabeza de Vaca.

Margarita Nelken, la ministra de la República, que conocía sus escritos— cartas, algunos romancillos de tenor místico inspirados en san Juan de la Cruz y los quince o veinte folios en los que relata la historia de su vida—dice que escribe el castellano más puro y elegante de su siglo.

¿Quién era en realidad la Beata Luisa de Carvajal? ¿Una espía en Londres del Duque de Lerma? ¿Monja galante al estilo de sor María de Agreda consejera del rey Felipe IV que se cartea con el primer ministro y gran valido duque de Lerma y su secretario Rodrigo Calderón a los que aconseja en asuntos políticos y cuestiones de religión que pasaban siempre por las manos del privado? ¿Una iluminada? ¿La amante desdichada de un alto personaje a la cual se le ordena adoptar un género de vida religiosa?

No es fácil encontrar una respuesta al trasluz de datos biográficos. Hay episodios que pasman. Su personalidad y su figura poco se compadecen con la mentalidad de hogaño, ni incluso con la manera de ser y de pensar de la España mística del siglo de Oro. Los rusos definirían a esta extremeña de Jairacejo, tan española y tan inglesa, como una “yurodivi” (loca del amor de Dios) que iba por el mundo con el evangelio de san Juan en la mano. Hay en su ascetismo rasgos que la acercan al pensamiento del cristianismo según Tolstoi dentro de los parámetros de un despojo absoluto de superfluos: honores, medallas, reglas, constituciones, hagiografías, eucologios, jerarquías, cánones. Su vida martirial fue un perpetuo grito:

—Sólo Dios basta.

La relación de su trayectoria vital, aun siguiendo rutas diferentes, tiene bastante que ver con la reformadora del Carmelo. Pasó por el mundo de una forma elegante y novelesca. Hay en su biografía puntos de contacto con los libros de Caballerías como el Palmerín de Inglaterra y con la novela picaresca. Tan intrépida como “La Monja Alférez” y exultando en ricas y desgraciadas experiencias como el “Guzmán de Alfarache” o el “Estebanillo González”.

Estuvo dotada de un carácter libertario, apasionado, contradictorio y muy español. Fue hija de la raza y de la época a la que perteneció. Tuvo algo de la monja alférez, de Teresa de Jesús y de capitana de los Tercios de Flandes a lo divino haciendo ostentación de una valentía y un arrojo que asombra a día de hoy.

De haber pasado a Indias, hubiera sido un Hernán Cortés, un Maldonado, un Cabeza de Vaca, o una evangelizadora al estilo del Beato Juan de Ávila o Toribio de Mogrovejo. Desgraciadamente, fue a dar in partibus infidelium con gentes tan sibilina y tenaz como la británica.

Inglaterra no creía en las lágrimas y menos en aquel tiempo de convulsiones religiosas, profesaba odio a los frailes que habían cometido tantos atropellos durante la edad media. En dicho país se cuestionaba la “potestas clavium” o autoridad papal. Las jerarquías y gran parte del clero inglés disputaban sobre tal preeminencia el que un obispo extranjero quisiera gobernar las cuestiones del fuero interior que consideraban un asunto personal.

Al verdugo de la Torre de Londres no le faltaba trabajo y muchos súbditos de su Graciosa Majestad eran despedazados en la plaza pública por rezar en latín o llevar al cuello un rosario.

Roma tampoco era un ejemplo de moralidad en tiempo de los papas Borgia. La corrupción de las costumbres es antesala de la muerte y de la guerra. Esta mujer llena de candoroso ardor misionero  y de amor a la Iglesia puede que ignorase tales antecedentes. Trató de escalar una montaña inaccesible como es el Establishment. Los ingleses siempre nos ganan a los españoles. Discutir con ellos es como estrellarse contra un muro, y no hay manera. Sin embargo ahí quedó el gesto y el reto de la Beata Luisa de Carvajal madre coraje de amor a la Iglesia y de amor a España (“Quiero a mi patria con todo mi corazón y vivo en una tierra de hiel y de sabandijas”) declara en una carta a su hermano nombrado corregidor de San Clemente (Cuenca).                             

Estableció como norma de vida de la máxima teresiana de “sufrir y padecer” siendo oprobio del mundo, despreciada y abandonada por los suyos por amor a Jesús. Renunció a todo: alta cuna —era nieta del obispo de Coria don Gutierre Carvajal que tuvo una multitud de hijos naturales—títulos nobiliarios, la honra, el buen nombre y la fama. Hizo mangas y capirotes de algo tan importante para los españoles de su tiempo como el honor. “Quiero ser pisoteada, negada, ridiculizada, puesta en el último lugar para que todos me olviden o se rían de mí”. Y por último en su profesión realizada en un cuarto oscuro en Madrid la calle de Toledo, puesto que atendía a las enfermas de bubas, donde se había dedicado a cuidar de las prostitutas hizo voto de martirio. No lo conseguiría físicamente pero los dos lustros últimos de su vida en Inglaterra fueron un auténtico calvario

La honra la perdían las mujeres (nunca el varón) por cualquier desliz erótico o dedicarse al oficio más antiguo del mundo; por no proceder de un linaje limpio, por ocuparse en trabajos serviles, ser asalariado y no vivir de las rentas, por derramar sangre cuando el asesinato no era en legítima defensa. Por padecer del vicio del vino o por andar desnudo y en harapos. Sin embargo se podía ser pobre y no desmerecer a los ojos de la sociedad. De ahí el dicho de “pobre pero honrado”. Una vez perdida la honra, no se recupera jamás. Es el equivalente a una muerte civil. Luisa puso su honor a los pies del Crucificado.

En el marco de aquella sociedad estamental y clasista como era la España de su tiempo plantea con su labor ideas revolucionarias más allá de las particularidades de la Reforma. Amiga y protegida de los jesuitas, rechaza, sin embargo, la disciplina de las constituciones y las voces de mando del jefe. La vida religiosa no es para ella milicia sino un sumirse en la inmensidad del Criador, un abandonarse a la Providencia, como hacían los quietistas y alumbrados aceptando el sufrimiento como camino de perfección y garantía de selección. Esta dejadez casi anarquista, con una fe ciega y amor al Esposo, la colocaría más cerca de lo que hoy se denominan cristianos de bases que de un instituto religioso convencional. Verdaderamente, si todos la dejaron en la estacada, Cristo nunca la abandonó. Esta es la grandeza del Evangelio que en su lado esotérico a los lerdos no se les alcanza, y la prueba del nueve y la primacía del catolicismo sobre otras religiones monoteístas. No hay consensos ni enjuagues que valgan. Cristo es la verdad y la vida. La Verdad que corre larga y tendida por el mundo de los libros—un venero que tratan de ocluir los del “pensamiento único” —y la Vida que germina en los plantíos y viveros del grano de mostaza. Mediante intercesiones desde lo alto, soluciones inexplicables, guardas en enfermedades y peligros. Cristo a través de sus escogidos se manifiesta en la historia mediante el carisma de una Teresita de Lisieux, de un Antonio de Padua, de san José, de Teresa de Jesús, de Judas Tadeo y ante todo y sobre todo a través de Nuestra Señora la Virgen María medianera de todas las gracias.

Se trata de una vida y una vivencia oculta pero real y perceptible sólo a través de la fe y nos ratifica en la esperanza de la gracia y la interacción dentro del cuerpo místico de la iglesia triunfante militante y purgante. Enigma total. Sólo mediante este misterio vale la pena considerar que una derrota a los ojos de los hombres podría convertirse en victoria a los ojos del Padre. Dios tiene otros baremos, diferentes varas de medir

Como los monasterios a la sazón estaban llenos y con frecuencia la “vocación” tenía que ver más con la “boca” que una verdadera llamada a la vida consagrada habiéndose convertido muchos dellos en aparcadero de damas burladas o en verdaderos prostíbulos, ella renuncia a ese título de ser monja. Se queda en beguina y cerca de, o al cabo de, la calle de Toledo funda un beaterio en compañía de dos sirvientas: Ana de la Ascensión e Inés de la Cruz. La casa, un sotabanco, se encuentra al lado de una mancebía y se convierte en centro de acogida para mujeres maltratadas y prostitutas enfermas. Inés de la Cruz protesta:

—Van a pensar que nosotras somos iguales, unas tales.

Para doña Luisa esa sospecha motivo de oprobio se convierte en vínculo de caridad y una ocasión de ser humillada y tenida en menos por amor del Redentor. Intensifica sus penitencias, porta una cruz de rallo (una especie de almohaza de pincho) aderezando sus pechos como prenda íntima y una cuerda de esparto atada a las caderas. Todos los viernes del año no probaba alimento, dormía sobre una márfega, bebía en vasos utilizados por enfermos con bubas y con sarna.

Nos dicen los expertos en lomología que el mal francés y la peste bubónica eran el flagelo de la cristiandad en el s. XVI. Los males empeoraron en la centuria siguiente con un cambio climático en Europa veranos más tórridos malas cosechas inviernos de fuertes cierzos y vientos polares.

En Madrid la Carvajal cura a los sifilíticos ocupándose como operaria en el hospital de Anton Martín el de la sabana blanca curaban el trepanómana o morbo sifilítico con baños al vapor y en Londres fue su rival la peste bubónica traída por las ratas viajando en los barcos que atracaban en los muelles del Támesis.

Aun no había sido fundado el St Stephen Hospital y las condiciones de salubridad e incluso de vida de los londinenses eran mucho más penosas que la de los madrileños.

Detecta aires de levantamiento popular en la corte del Defensor de la Fe, James I. por el contrario, en la corte de Su Católica Majestad Felipe III temo que me lo gobiernen un rey débil muy piadoso y austero pero en manos de sus validos que lo engañaron con sus adrollas y gatuperios; el mal era la corrupción en la nobleza y en el estamento eclesial. A ellos iba a parar el oro de las Indias y a los vivanderos judíos de los ejércitos de Flandes. El pueblo llano vivía en una estado de postración miserable conformándose con las procesiones triduos novenas corridas de toros y cañas y de vez en cuando algún auto de fe en la plaza mayor. Adrollas, embustes, mohatras, trapazas, picaresca y misticismo sed de aventura y esa enorme vitalidad que siempre tuvo la nación española. Ese mundo del Buscón y la picaresca lo refleja en su poesía y en su prosa sin paragones el genial Francisco de Quevedo. Luisa de Carvajal es contemporánea de la publicación de los “Sueños” y del “Quijote”

No nos encontramos en la presencia de una mística arrobadiza. Desdeñaba los éxtasis, trances, llagas, bilocaciones y otros fenómenos preternaturales, harto frecuentes entre los alumbrados. Vivió amarrada al duro banco de la realidad desde la renuncia y la autoinmolación. Era una contemplativa atípica sin aditamentos ni alharacas aunque parece ser que estuvo penetrada del don de clarividencia que le hacía ver el futuro y el interior de las conciencias.

Asimismo, tuvo el galardón tanto de la templanza como de la fortaleza. Salió indemne por la gracia de Dios de los peligros de aquel Madrid bullicioso y putañero siempre al verlas venir entre chupicaldos de sopa boba, metiendo los pollos en el corral. Llevaba las putas a casa para sacarlas de la mala vida sin miedo a sus cohenes y rufianes.

A la hija del Duque de Almazán no se le caían los anillos por andar en compañía de pobres vergonzantes receptando limosna a la puerta de san Ginés o hablando con los desheredados de la fortuna en las gradas de San Felipe y otros mentideros de la villa.

Si, por casualidad, cualquier pariente veía a la hija de un grande de España emparentada con los Mendoza y los Duques del Infantado en tal condición de mendiga, miraban para otro lado. Este desdén que mortificaba su orgullo eran para la vagabunda motivo de santificación, las humillaciones y desprecios abren al justo las puertas del Paraíso. Supuestamente…

En Londres donde nadie la conocía pero pronto la identificaron por española a causa de su acento, su compostura y que llevaba un cristo crucificado al pecho, el juego resultaba mucho más peligroso.

La insultaban, la maltrataban, se mofaban de sus creencias papistas, la decían lárgate a tu país. Cuantas veces los hispanos que hayan vivido en las Islas durante algún tiempo habrán escuchado la pregunta:

—When are you going back? [3]

Ella había ido allí para sufrir por Cristo. Anhelaba el martirio del que hizo voto al formular su profesión de vida consagrada en 1598 cuando empezó a acariciar la idea de pasar el canal de la Mancha para morir por Dios.

Huérfana desde los seis años y adoptada por don Diego Hurtado de Mendoza embajador en Alemania su infancia y su juventud los pasó en la corte de Felipe II. A la muerte del monarca entra al servicio de don Francisco de Sandoval y Rojas duque de Lerma primer ministro del monarca quien en 1600 traslada la corte a Valladolid.  

La comunidad de la calle de Toledo se cierra (dos se metieron agustinas y una tercera Isabel se casó) y los jesuitas le procuran un aposento similar muy cerca del Colegio de la Compañía, el Seminario Irlandés. Es allí donde tiene una revelación: tendría que irse de misionera a Inglaterra.

Camino de la Rubia Albión salió de la Ciudad del Pisuerga a 27 enero 1605 en una expedición de siete personas que dirigía el P. Walpole s.j. cabalgaron por toda Francia atravesando un país de herejes a lomos de una hacanea. Sor Luisa nunca había montado en mula. En otra expedición más suntuosa viajaba don Juan de Tassis conde de Villamediana con el que se reunieron en Burdeos siguiendo ruta hacia Calais. Allí se embarcaron en una patera. El viento desfavorable desviaba la embarcación hacia Holanda un país siempre peligroso para un católico español pero el piloto un viejo lobo de mar vascongado logró gobernar la embarcación y atracar en un grao próximo a Dover. A la vista de los blancos acantilados la española inglesa cayó de rodillas y prosternada en oración dio gracias a Dios por el fin de tan azarosa singladura. Tassis acudía a la corte de san Jaime para comprar la paz entre España a peso de oro. Felipe III enviaba a su homólogo la suma de medio millón de ducados a fin de concertar el patrimonio del príncipe de Gales, Carlos, el heredero, con la infanta Ana de Austria. Este matrimonio estaría abocado al fracaso. Encontró un Londres tétrico. No había pasado la era del terror y los católicos ingleses se mostraban atemorizados de mostrar abiertamente su religión católica que muchos seguían practicando en la clandestinidad. El choque psicológico para la recién llegada fue brutal: la incomodidad del acomodo, el ambiente de suspicacia, la mala comida, la pobreza, el hambre y la enfermedad, la descortesía de las clases bajas que culpaban a los extranjeros del hambre y las malas condiciones de vida, el desconocimiento de la lengua y la fonética cockney tan enrevesada para los no nativos. Tal cúmulo de factores así como las grandes penitencias y ayunos minaron su salud y la condujeron a una muerte prematura.

Buena parte de los españoles residentes en Gran Bretaña a lo largo de los siglos siempre atravesaron esa dificultad que ella misma padeció.

Este choque psicológico se detecta en la correspondencia enviada por valija diplomática o en cifra a Madrid. Mandaba romper estos envíos a sus destinatarios. El espionaje inglés y el francés funcionaban a las mil maravillas en la corte de Felipe III y es aquí donde se pierde el rumbo místico para adentrarse en los atolladeros de la política: el Duque de Lerma, el conde de Villamediana, los saludos que envía a la regente de los Países Bajos Isabel Clara Eugenia, su compañera de juegos de infancia, e hija de Felipe II nombrada gobernadora de Flandes, que nunca obtuvieron respuesta. En fin, un enigma. La buena voluntad de esta sierva de Dios choca con las perversiones de los intereses estatales o papales. Se confiesa desarmada y como “una pobre y ruin mujer” pero, si fracasó la carne, el espíritu salió airoso de aquella lucha, por más que a la interesada le fuese la vida en el empeño.

Luisa de Carvajal era un alma grande e ingenua raza extremeña de conquistadores. Ignoraba los gatuperios y tahurerías del Duque de Lerma o los desvíos amorosos de Villamediana o la participación de su hermano el corregidor de San Clemente en el asesinato de un hombre por orden de su jefe don Rodrigo Calderón que luego sería ajusticiado en Madrid y de ahí el dicho de más porfiado que don Rodrigo en la horca. Un paradigma de contumacias y obstinación. El que movía los hilos era el gran privado, el duque de Lerma, quien para librarse del patíbulo se hizo religioso y “para no ser ahorcado-reza el dicho popular- se vistió de colorado”

 

martes, 21 de julio de 2015



[1] Hilando Oro, Ediciones El Laberinto, Colección Hermes. Madrid 2001
[2] Madrid, autor tgeatral. Editorial Cunillera, Madrid 1973
[3] ¿Cuándo te vuelves pa España?

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