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miércoles, 3 de abril de 2019

LA TÚNICA SAGRADA

Aquella gramalla sin mangas tejida de un solo hilo -Cristo se desvestía y sus siervos y seguidores duro colocarse ropajes, uno encima de, sotanas y dalmáticas, al año que viene en Jerusalén pero caminamos de espaldas al monte calvario- abolía el orden viejo. Los ornamentos de los dioses antiguos, de  Júpiter Diana Afrodita y Baco quedarían preteridos pero sus sacerdotes, sintiéndose desnudos e incapaces de imitar al que pereció en la cruz en taparrabos, no harían otra cosa en todo el tiempo que hacer mayor el cupo del “indumento”.
Casi me desternillaba de risa pero aquella hora de grandes acontecimientos fue el tiempo de los sobresaltos y de las confusiones (yo creía, pensé que; pues no señor al revés te lo digo para que lo entiendas) y de las perplejidades. Nos anegamos en un marasmo de sorpresas. Tú, Cristo bendito, viniste para confundir a los mortales. Supuestamente quedaron sin vigencia las estolas las mitras las cidarias el efod y todos aquellos ropajes que se ponían uno encima de otro, negro sobre blanco, blanco sobre negro, para definir oficios y categorías inciertas de flámines y peanes del mundo órfico.
Degolló nuestros principios sin espada.
─ ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otros?
─Por sus obras los conoceréis- respondió el Señor
Se rieron dél, pero Él no vino a traer la paz al mundo sino un orden nuevo con todo lo que ello implica: la destrucción de Jerusalén que fue desmontada piedra a piedra y los campos adyacentes de su pomerium  o arrabales, arrasados y sembrados de sal. Al pie de la cruz escuchábamos el batir de los tambores de los soldados de Tito casi tres cuartos de siglo de que aquel cerco se produjera.
─ ¿Y no escarmentaron los judíos?
─Por vida de Minerva, ¡qué bah! Son pueblo duro de cerviz, una alegoría de la sinrazón y estupidez humanas.
Era  Jesús un revolucionario. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron; sin embargo no fue su obra atenazada por las tinieblas. Resplandeció su luz venciendo a la oscuridad. Sus vestiduras  de ajusticiado por una de esas carambolas inexplicables que hoy confunden a los soberbios (la potencia se hizo acto trascendente) y se encendió el fuego de la gran luminaria que ardería por los siglos de los siglos sobre aquel pebetero puesto que nadie será capaz de destruir el amor,  eligiendo a lo más despreciable y abyecto del mundo, que de los rechazados y humillados y ofendidos hizo él su piedra basal, en menoscabo de la soberbia y de la confusión terrenales. Su doctrina no era de este mundo pero venció al mundo con su evangelio.
Debió de ser un revés para los sionistas mesiánicos. El libertador anunciado por los profetas de Israel moría en el suplicio escoltado por dos ladrones Dimas y Gestas. No me vengáis con bromas ¡Qué guasa! Vino a los suyos y los suyos no le recibieron ─la frase de Juan que luego leí incansables veces martillea mis sienes─ mientras los mercenarios, puesto que no se puede hablar de soldados romanos ya que el centurión Cornelio, un hispano nacido en Híspalis se negaba a crucificar al Mesías pero ante la contumacia del sanedrín “tolle, tolle, crucifige eum” (quita, quita, mátalo) no quería que el pueblo romano se manchase las manos de sangre y contrató a una partida esclavos sirios para hacer aquel trabajo. Los soldados de Cornelio estaban cabizbajos cuando se rasgó el velo del templo, hubo una tormenta, tembló la tierra y oscureció a las tres de la tarde. Para entretener la vela, mientras custodiaban al pie de la cruz, se rifaban con el cubilete sus paños menores. Y cuando “cum voce magnum” expiró…  sonó el consumatum est que hizo temblar los quicios de la historia, huyeron despavoridos y bajaban algunos diciendo por el monte Calvario atentándose unos a otros para no caer debido a la oscuridad que se hizo en el cielo de repente:
─Verdaderamente este era el Hijo de Dios.
 El Hijo del Hombre salvaba al mundo en taparrabos. Semejante desvergüenza ¿dónde se vio?


La humilde túnica inconsútil era el símbolo del siglo futuro. El que busca su vida la perderá. A ver queremos; un signo pues ese no nos vale.
La vida se la había echado el Inocente sobre los hombros a manera de chal cobijando sus espaldas doloridas cuando, varón de dolores, al cabo de cinco mil azotes y de 72 puntas de cambronera que es el peor de la especie de los espinos y la más áspera de las zarzas que horadaron sus sienes trepanaron su frente inmortal quedando ensangrentados los mechones de su rubia caballera y de su barba taheña ¡Ah que nos miraba a todos con aquellos ojos dulces llenos de perdón! Del primer pecado de Adán Él, varón de dolores, nos redimió.  A mí se me hacía muy difícil de aceptar, como romano, acostumbrado a mirar a los dioses con un cierto escepticismo, ver aquel semblante de manso cordero.  Los dioses reinaban en el Olimpo para  castigar y enviar rayos y desgracias a los mortales. Si te enojabas con Júpiter, éste te taladraba con su gario y te convertías en rana.
Con los dioses no se juega. Antes de morir había que hacer mandas a Esculapio y se ordenaba matar un gallo capón para que el dios de la salud tuviese una fiesta allá arriba con sus amigotes y después de expirar tenían que sujetarte la barbilla, abrirte la boca y meter entre los dientes una moneda para pagar al Barquero. Tan  mala costumbre acicate de la codicia fue un pretexto para que en el mundo antiguo abundasen los profanadores de tumbas. El oro era más importante que la deidad y en facto es la única divinidad que rige los designios. Oro, oro y nada más.
Fue ofrecido al pueblo en espectáculo de befa. Un esbirro lo empujó hasta la balaustrada y Jesús apareció en el enlosado del Lithostros una caricatura de ser humano, un guiñapo.
Ecce homo… ahí lo tenéis, cabrones, hecho un guiñapo. ¿No os basta? ¿No queríais que lo castigase? Pues le hemos zurrado bien la badana. ¿No os dais por satisfechos? ─ dijo Poncio
 ─No. ─ clamaron entonces los judíos.
La chusma quería más sangre. Y contestó a la demanda del prefecto con palabras terribles
─Crucifícale, crucifícale, mándale al palo y caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.
─ ¿A vuestro Rey queréis que condene a pena de muerte?
─No es nuestro Rey. Se hizo pasar por hijo de Yahvé. Blasfemó.
Dada la condición vil de la chusma, Pilatos tuvo miedo. Era el mismo morbo, el de aquellos judíos soliviantados y nacionalistas, que el que impulsaba  a la plebe de Roma a cometer toda suerte de desmanes en el coliseo. Quería ver la sangre a chorros de los andábatas sobre la arena y que cantasen el himno. Ave Caesar los que van a morir te saludan.

Ecce Homo. Le habían colocado un manto púrpura sobre los hombros como el que llevaban los locos por las calles de Jerusalén, pusieronle una caña en la mano por cetro y así compareció. No lo condenó Pilatos. Fue sentenciado a muerte por un tribunal democrático, por mano alzada, que sometía sus veredictos a votación en la casa de Anás y Caifás, sumos sacerdotes. Lo mataron los judíos. Pero la perfidia de esa raza es alegoría de la condición humana, si se quieren mirar las cosas desde un ámbito teológico, ajeno a toda manifestación racial. Sin embargo, el pueblo elegido se convirtió en pueblo errante. Nunca tuvo paz consigo mismo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

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