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domingo, 30 de enero de 2011

los estragos del alcohol

IGNACIO ALDECOA. CON EL VIENTO SOLANO




“Os castigaré con el viento solano”, se lee en algún libro de la Biblia, en el de Amós. Viento solano. Viento terral. Aires de plomo. Yo lo he padecido en algún lugar de la Montaña. Es un viento que sopla maligno con rachas de inspiración asesina o suicida. Los bávaros le denominan el “Föhm”. Cuando este viento invade las calles de Viena mucha gente se quita la vida.

En verano este viento del sur llega impregnado con las arenas del Sahara, agosta las plantas y hace arder misteriosamente a los chaparros. Ignacio Aldecoa, magistral novelista de la generación de los 50 se sirve de uno de los hijos más aborrecibles de Eolo para dar marco a una de sus mejores novelas. Hoy ya no hay artistas como este vasco que anhelen la excelencia y buscan la palabra encendida que sea candelabro que alumbre a toda una generación, a toda una época. En la actualidad con la involución de valores que hemos padecido bajo el régimen partitocrático toda nuestra vida literaria gira en torno a autores ingleses, americanos, de ínfima calidad y que nada dicen al ser nuestro, pero este supuesto gorma parte del enjuague y de la amenaza.

Así que nuestros jóvenes quizás sepan quien era Milton o las hermanas Bronte pero no sabrán ni media si se les habla de Quevedo o de Ignacio Aldecoa. El escritor vitorino en este drama mete al viento del sur en una botella y lo transforma en alcohol, uno de los mayores enemigos del género humano. Erifos vuelve a la carga. Dos gitanos en un una feria de Talavera se emborrachan. El etílico transforma sus vidas y sus conductas, hieren en la cara a un tabernero y salen huyendo. Perseguidos por la guardia rural, el protagonista Sebastián que llevaba un arma dispara contra el miembro de la benemérita al que hiere de muerte.

Viene el arrepentimiento, el sentimiento de la gran soledad del hombre después de los estragos del vino, el complejo de culpa, los celos. Sigue la huida.

El personaje huye de sí mismo, huye del peñascaró (aguardiente), de la plasma, de sus recuerdos. Con un magistral dominio del idioma, Aldecoa nos traza un cuadro vivo del habla de los calés y de los tratantes que acudían a las ferias principales de Castillas con sus recuas (Medina, Talavera, San Lucas, San Pedro en Segovia y la de Santiago en Alcalá). La mayor parte de los parientes que eran aposentadores y proveedores acemileros del ejercito español y en Alcalá estaban los principales regimientos de caballería. Entre ellos el Villaviciosa 14.

Aldecoa pasa revista a un mundo ya fenecido o a punto de fenecer y pasa su espejo a lo largo del camino contándonos cómo era el real de aquella feria de Santiago en pleno mes de julio con el patrón de España y de la caballería por telón de fondo. Las casetas de tiro al plato, los malabaristas y saltimbanquis, las carameleras que vendían almendras garapiñadas famosas almendras de Alcalá en todo el mundo.

El aguardiente, las tabernas pues ya se decía entonces de los viejos estudiantes “alcalaino borracho y fino”, es un personaje inevitable que suplanta al hado o al destino, una reata de mulas llegaba a lo largo del camino real y a la puerta del mesón el arriero descargaba un numero indeterminado de pellejos de cuero que adosados a la pared de la taberna paredaña a la de un convento, y parecían pequeños hombres panzudos muertos de risa y que se dedicaban a observar al personal que entraba y salía en la ciudad.

Los bocoyes panzudos de piel de cerdo alzaban sus muñones en forma de brazos como haciéndole guiños al sol de la meseta y Baco parecía hablar por sus orificios con lengua de trapo destapando la caja de los truenos. Luego el recuero se alejaba arreando a los machos. Entonaba un viejo canto de ronda como brindis al sol. La filosofía la aprendían los españoles en las aulas complutenses pero tambien en los muchos figones esparcidos por el campus. Alcalaino borracho y fino.

Aldecoa nos advierte sin embargo en medio del jolgorio de aquella fiesta del patrón de la caballería española que el vino es el peor consejero del hombre. En esta novela me he encontrado con un Alcalá que desconocía pero que presumía: la de los aposentadores de la caballería real y del antiguo cuerpo de la remonta (chalanes gitanos en su mayor parte) que venían proveyendo a nuestros soldados de la montura correspondiente y de la tracción de sangre, desde los tercios de Flandes y desde los caballos y mulos que viajaron a América a bordo de las carabelas.

La novela dividida en cinco capítulos cada uno de ellos dedicados al santo del día: la Magdalena, san Apolinar, santa Cristina de Toledo, Santiago Apóstol y Santana. Con una pericia narrativa inimitable y una fuerza estilística que sobrecoge cuenta los trancos de esta hégira del muletero Sebastián desde Talavera a Segovia y desde Segovia a Alcalá. La acción termina en Cogolludo donde el protagonista después de visitar a su madre, se entrega a la Guardia Civil.



30 de enero 2011

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