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lunes, 14 de septiembre de 2026

 

Tengo lumbago.Acecha la depresión

 

ALHAMELES DE LA DISCORDIA

 

Nada más levantarme me asomo a la ventana y me saluda el roble que plantó el abuelo y los laureles que crecen en la cuesta desde tiempo inmemorial, seguramente plantados por algún legionario romano de una de las cohortes que hacían el camino desde Asturica y Emérita Augusta a la tarraconense. Merodea la depresión por mi cerebro y me aflige el lumbago, me duelen los cuadriles, me duele España. El verano asturiano rinde sus últimos honores. A lo lejos alza su cresta de hoja perenne de bosque acérrimo del monte Pascual al cual rinden culto en la ladera aldeas escarpadas como Faedo, Uncín la Quintana y otras. La serenidad del dintorno es un aldabonazo a mis meninges pero escucho también el chasquido de las trallas de los alhameles que van de recua, marchan y vuelven camino de Ceuta. La presencia de algunos políticos como ese sodomita jefe de los guardias, el que abre tristemente el portón de España al moro Muza en colusión con los nuevos don Rodrigos y sus cavas Florindas, el obispo Ulfilas, y los curas pánfilos y buenistas me enfurece. Señor, aparta de mí este cáliz. Soy un español pacifico. Ni robo, ni mato, ni forcé doncellas. Las que me llevé a la cama se vinieron conmigo de buen grado. Sin embargo, a la sazón a mí como muchos españoles nos acomete la ira y nos dan ganas de empuñar las armas y tirarnos al monte. Para conjurar esos peligros abro un libro de, “Doña Rogelia”, de Palacio Valdés, uno de mis autores asturianos preferidos. Es buen contrapunto. ¿No habrá quien meta en fajina a Pedro Sánchez? Doña Rogelia es como una estatua griega, una xana que se columpia por el bardal y sube y baja cando le da la gana por la tenobia del hórreo. Ay, señor cura, ¿Quién será el que nos libre de las malas lenguas? Doña Rogelia está ahí, soberbia amazona, capaz de derribar a un paisano de un puñetazo llevando a un caballo percherón bajo la sombra de los avellanos y nos precave contra los males y enconos la política. La política es una pérdida de tiempo, dice. Puede ser pero sólo vale a enfrentar a unos con otros. Ahí está el busilis de la cuestión. Doña  Rogelia dice cosas de mucha enjundia en esta novela rural que es un verdadero retablo de las discordias aldeanas a mediados del siglo XIX. Leo un capítulo, tal vez dos, y para espantar a los fantasmas que cercan mi mente marcho para Avilés a ver si me distraigo un poco por el barrio húmedo y los mesones de Sabugo. Al pasar por el cementerio de la Carriona rezo un padrenuestro por mi querido don Armando allí enterrado. Sigo escuchando el chasquido de las trallas de los alhameles. Arrieros somos pero Ceuta y Melilla siempre españolas.

 

Martes, 15 de septiembre de 2026

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