Nos pusieron muchas telarañas en la cabeza, nuestras relaciones con la mujer fueron difíciles, pero dotados de un espíritu de superación, disciplina, aguante y sacrificio (el seminario nos hizo almas duras como piedras) casi todos los ex logramos seguir adelante.
Llenos de orgullo eso sí aunque los que cantaron misa nos miraron como delincuentes a los que colgamos la sotana. A mi me parece que Cristo aunque alabó la castidad y la renuncia a las cosas del mundo jamás habló de las cuestiones sexuales.
Sin embargo, en la iglesia católica estas se convirtieron en una obsesión y en una cuestión pendiente. A monseñor Franco le llaman zapatones, no sé qué número calza el mitrado pero grandes deben de ser sus pinreles.
Por lo demás, traté de reunirme en convenciones anuales con mis compañeros de terna y de aula. No nos reconocíamos. Nunca encontré entre ellos al niño que fui.
Parecía seguir imperando en el ambiente esa crueldad que formaba parte de las enseñanzas clericales. Nos querían hacer santos sin habernos logrado como hombres. Ha habido claro está excepciones pero me di cuenta que nos moldearon para ser gente que no quiere a nadie. En mi libro abogo por la supresión del celibato y la creación de curas cercanos al pueblo. Los curas católicos siempre estuvieron distantes metidos en su urna de cristal. El mejor cura es el buen funcionario, no se las da de héroe ni de salvador de su grey, a sabiendas de que todo seguirá igual que el hombre no cambia, sin encampanarse, hay que bajar el pistón, el que administra sacramentos, el que siente cierta compasión con las miserias y pecados de los hombres.
Algunos de mis compadres los que llegaron al sacerdocio son conscientes de servir a una institución pecadora, inhumana católica y cruel majestad y en ciertos casos demoníaca.
El obispo de Segovia tiene que abandonar su torre de marfil y aceptar los hechos, saltar a la arena, mojarse. Hubo mucha pederastia en aquellos centros. Laus Deo
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