libros de ocasión pedidos a bibliopolis@outlook.es "“los libros hacen libres a los que les quieren bien. Con ellos me consolé en la prisión que se me aparejaba y satisfice el hambre en un pedazo de pan conservado en una servilleta envuelta en un papel que traía un capítulo de alabanza al ayuno. ¡Oh libros, fieles consejeros, amigos sin adulación, despertadores del entendimiento, maestros del alma y gobernadores del cuerpo, guiones para bien vivir y centinelas del bien morir” VICENTE ESPINEL
libros de ocasión pedidos a bibliopolis@outlook.es "“los libros hacen libres a los que les quieren bien. Con ellos me consolé en la prisión que se me aparejaba y satisfice el hambre en un pedazo de pan conservado en una servilleta envuelta en un papel que traía un capítulo de alabanza al ayuno. ¡Oh libros, fieles consejeros, amigos sin adulación, despertadores del entendimiento, maestros del alma y gobernadores del cuerpo, guiones para bien vivir y centinelas del bien morir” VICENTE ESPINEL
domingo, 30 de enero de 2011
los estragos del alcohol
“Os castigaré con el viento solano”, se lee en algún libro de la Biblia, en el de Amós. Viento solano. Viento terral. Aires de plomo. Yo lo he padecido en algún lugar de la Montaña. Es un viento que sopla maligno con rachas de inspiración asesina o suicida. Los bávaros le denominan el “Föhm”. Cuando este viento invade las calles de Viena mucha gente se quita la vida.
En verano este viento del sur llega impregnado con las arenas del Sahara, agosta las plantas y hace arder misteriosamente a los chaparros. Ignacio Aldecoa, magistral novelista de la generación de los 50 se sirve de uno de los hijos más aborrecibles de Eolo para dar marco a una de sus mejores novelas. Hoy ya no hay artistas como este vasco que anhelen la excelencia y buscan la palabra encendida que sea candelabro que alumbre a toda una generación, a toda una época. En la actualidad con la involución de valores que hemos padecido bajo el régimen partitocrático toda nuestra vida literaria gira en torno a autores ingleses, americanos, de ínfima calidad y que nada dicen al ser nuestro, pero este supuesto gorma parte del enjuague y de la amenaza.
Así que nuestros jóvenes quizás sepan quien era Milton o las hermanas Bronte pero no sabrán ni media si se les habla de Quevedo o de Ignacio Aldecoa. El escritor vitorino en este drama mete al viento del sur en una botella y lo transforma en alcohol, uno de los mayores enemigos del género humano. Erifos vuelve a la carga. Dos gitanos en un una feria de Talavera se emborrachan. El etílico transforma sus vidas y sus conductas, hieren en la cara a un tabernero y salen huyendo. Perseguidos por la guardia rural, el protagonista Sebastián que llevaba un arma dispara contra el miembro de la benemérita al que hiere de muerte.
Viene el arrepentimiento, el sentimiento de la gran soledad del hombre después de los estragos del vino, el complejo de culpa, los celos. Sigue la huida.
El personaje huye de sí mismo, huye del peñascaró (aguardiente), de la plasma, de sus recuerdos. Con un magistral dominio del idioma, Aldecoa nos traza un cuadro vivo del habla de los calés y de los tratantes que acudían a las ferias principales de Castillas con sus recuas (Medina, Talavera, San Lucas, San Pedro en Segovia y la de Santiago en Alcalá). La mayor parte de los parientes que eran aposentadores y proveedores acemileros del ejercito español y en Alcalá estaban los principales regimientos de caballería. Entre ellos el Villaviciosa 14.
Aldecoa pasa revista a un mundo ya fenecido o a punto de fenecer y pasa su espejo a lo largo del camino contándonos cómo era el real de aquella feria de Santiago en pleno mes de julio con el patrón de España y de la caballería por telón de fondo. Las casetas de tiro al plato, los malabaristas y saltimbanquis, las carameleras que vendían almendras garapiñadas famosas almendras de Alcalá en todo el mundo.
El aguardiente, las tabernas pues ya se decía entonces de los viejos estudiantes “alcalaino borracho y fino”, es un personaje inevitable que suplanta al hado o al destino, una reata de mulas llegaba a lo largo del camino real y a la puerta del mesón el arriero descargaba un numero indeterminado de pellejos de cuero que adosados a la pared de la taberna paredaña a la de un convento, y parecían pequeños hombres panzudos muertos de risa y que se dedicaban a observar al personal que entraba y salía en la ciudad.
Los bocoyes panzudos de piel de cerdo alzaban sus muñones en forma de brazos como haciéndole guiños al sol de la meseta y Baco parecía hablar por sus orificios con lengua de trapo destapando la caja de los truenos. Luego el recuero se alejaba arreando a los machos. Entonaba un viejo canto de ronda como brindis al sol. La filosofía la aprendían los españoles en las aulas complutenses pero tambien en los muchos figones esparcidos por el campus. Alcalaino borracho y fino.
Aldecoa nos advierte sin embargo en medio del jolgorio de aquella fiesta del patrón de la caballería española que el vino es el peor consejero del hombre. En esta novela me he encontrado con un Alcalá que desconocía pero que presumía: la de los aposentadores de la caballería real y del antiguo cuerpo de la remonta (chalanes gitanos en su mayor parte) que venían proveyendo a nuestros soldados de la montura correspondiente y de la tracción de sangre, desde los tercios de Flandes y desde los caballos y mulos que viajaron a América a bordo de las carabelas.
La novela dividida en cinco capítulos cada uno de ellos dedicados al santo del día: la Magdalena, san Apolinar, santa Cristina de Toledo, Santiago Apóstol y Santana. Con una pericia narrativa inimitable y una fuerza estilística que sobrecoge cuenta los trancos de esta hégira del muletero Sebastián desde Talavera a Segovia y desde Segovia a Alcalá. La acción termina en Cogolludo donde el protagonista después de visitar a su madre, se entrega a la Guardia Civil.
30 de enero 2011
sábado, 22 de enero de 2011
chejov insuperable
Nuestro destino no está escrito en las estrellas como creían los clásicos. Guardan los designios particulares y generales de la humanidad algunos libros que son más proféticos que los del VT. En sus páginas alienta una pulsión divina a pesar de no estar registrados en la Biblia. Este es el caso de Antón Chejov. He vuelito a releer en una noche de fiebre y de gripe “La sala número seis” y al acabar sus menos de cien páginas al amanecer lo he girado sobre la almohada en medio del desaliento. He visto reflejado en sus 19 capítulos la película de mi existencia: el joven ardoroso que se iba a comer el mundo, el aprendiz de escritor que se fue a Londres, Paris, NY, que amaba la ciencia, el arte, la belleza y a la humanidad que confiaba en la redención del ser humano, que vivió encastillado en su torre de marfil leyendo libros y más libros que atesoraba desde su juventud y los tenía catalogados y numerados en el sancta sanctorum de su biblioteca. Un hombre al tanto y al corriente de las nuevas ideas suscritos a revistas de vanguardia que cree en la buena fe de sus semejantes pero pronto se da cuenta de que es un mirlo blanco, una rara avis, que tuvo amoríos apasionantes y maravillosos pero que termina casándose con una mujer vulgar, y vive cercado de ramplonería, de zoología, de egoísmo, de esa violencia que siempre genera la política manejada por intereses rastreros y engañosos. ¿Quién puedo ser yo el doctor Raguin al que sus deseos de mejorar a la condición humana le volvió un incomprendido y al final acabó loco? ¿El sombrerero judío que perdió la razón una noche en que se le incendió su tienda y al que maltrata el guardia de seguridad-conserje-lacayo de la autoridad el bruto de Nilkita? ¿Soy el enfermo Gromov que vive preocupado por el tema de la inmortalidad? O soy el usurpador: el sustituto, el trepa el que le quita la plaza al pobre Raguin acusándole de haber perdido el juicio. Chejov traza en estros cuadros un esquema a vuelapluma de la Rusia finisecular y decimonónica pero su diagnóstico es valedero no sólo para aquel país sino para los hombres de todos los tiempos y latitudes. El eximo protagonista de este librito tuvo vocación al sacerdocio pero por mandato paterno ha de abrazar la carrera de medicina. Creo que es el libro más biográfico del autor del “Jardín de los Cerezos”. Su padre, diacono era chantre en una parroquia de provincias y quería que su primogénito pudiera desempañarse en una carrera más lucrativa que la eclesiástica para poder así contribuir a la manutención de la familia, cosa que cumplió Antón hasta la extenuación porque para pagar los gastos de la numerosa prole escribió tanto que murió a los 44 años. Un articulo, un cuento no pagaba la comida pero subvenía los gastos y una obra de teatro ayudaba a alquilar la casa durante un mes. En toda la prosa de Chejov perdura, sin embargo, esa majestuosidad, ese tempo, rodeado de grandeza y de sencillez ( v e l i c h a ñ i e) de la liturgia bizantina. Es como algo mágico. Sin embargo, en este libro se nos muestra como un perfecto forense haciendo una bisección del alma humana. El eximio médico egresado de la Facultad de Medicina de Moscú acaba como director de un nosocomio en un rincón perdido de la Rusia profunda a más de 200 verstas de la estación más próxima del ferrocarril rodeado de gentes mezquinas “que se pasaba la vida entre la baraja y las pequeñas intrigas y chismorreos, sin interesarse por nada y arrastrando una vida llena de triviliadad… No nuestro pobre pueblo tiene mala suerte” exclama el autor acaso sin ser consciente de que Rusia tiene la suerte de contar con escritores tan enormes como Chejov que pueden hacer autocrítica de su país y que la vida en Tula resulta muy parecida a la de Chester, Tucson, México, Rosario o Zamora y lo que hace grandes y libres a los pueblos es esta capacidad de denuncia y de reacción. De este modo creo que la literatura rusa recoge el testigo de la grecolatina para proyectar problemas y tipos universales. Pero este opúsculo personalmente tuvo su historia. Hace unos meses se lo regalé a un amigo y el otro día me lo encontré en Riudavets desencuadernado y desfondado pero con mi nombre. Volvía a mí. Debo de tener por casa algún ejemplar suplente. No olvidaré que este texto en una edición de la Austral que yo había adquirido en la Casa del Libro en 1964 me acompañó en la noche triste del Parque de San Francisco. Yo me venía a casar con una moza y la pobre no se sintió con fuerzas de aguantarme- ahora la comprendo perfectamente- y ella renunció al altar un día antes de la boda. Dentro de las paginas guardaba una imagen de la Virgen Iverskaya, la santa matrona de Moscú y un fotografía mía de niño rubio con mis padres en la entrega de llaves de una casa en Segovia acompañados por el coronel Tomé. Esta fotografía la perdía pero la imagen de la Iverskaya se dibujó en la cima de uno de los robles del parque de San Francisco. La Virgen consoladora vino a sumarse a mi dolor cuando había sido abandonado de todos incluso de mis padres, y permitió que humillado, ofendido y arruinado pudiera regresar de nuevo a mi hogar. Es por esto por lo que tengo esta historia de Chejov por taumatúrgica reclamo para el humano dolor y la resurrección. Novela redentorista en que se estudia la barbarie y la crueldad de las cárceles. . Dijo Quevedo que toda la vida es cárcel. La vida es cárcel de la muerte. El amor es preso del odio y las instalaciones de la institución psiquiatrita es alegoría de ese barco prisión y manicomio. “Hay dentro del recinto del hospital un pabellón rodeado por un bosque de arbustos y hierbas salvajes. El techo está cubierto de orín, la chimenea medio arruinada, y las gradas de la escalera medio podridas. Un paredón gris coronado por una carda de clavos hacia arriba divide el pabellón del campo que produce a la vista una triste impresión…” el pabellón de dementes es el b arco que nos lleva. Acaso la vida no sea más que una locura que nos arrastra. Por eso sufren tanto los hipersensibles, los más conscientes pero Jesús siempre les dirá “bienaventurados los que aman”.
Hay libros que puso Dios en nuestro camino para que reconozcamos nuestra estupidez y miseria y “La sala numero seis” es una de ellas.
ANTON CHEJOV
La sala número seis
Editorial Calpe 1919. Madrid
Traducción del ruso Nicolás Tasin
viernes, 21 de enero de 2011
lunes, 17 de enero de 2011
domingo, 16 de enero de 2011
ISADORA DUNCAN UNA VIDA APASIONANTE
Isadora duncan bailaba completamente desnuda bajo una gasa de tul que trasparentaba la hermosura de las líneas de su cuerpo. Para ella el arte es la escalera que nos conecta con los dioses y carece de sexo. Sin embargo, este vanguardismo, así como su feminismo incipiente proveniente del sufragismo (fue una de las pioneras del movimiento “ad Lib.”) no encajaba con la mentalidad del finiseculo del XIX que le tocó vivir. Su gran proyecto fue resucitar a las bacantes de Esquilo. Su vida fue también una tragedia. Mujer liberada, su primer amante fue un emigrante polaco que murió combatiendo contra los españoles en la guerra de Cuba, y luego amistó con el empresario Gordon Craig de quien concibió dos hijos: Eire y Patrick. En el cupo había multimillonarios como el creador de los almacenes Selfridge, el mismo príncipe Alberto y tambien bohemios. Un magiar y un italiano que se le aparece en una playa de Brescia y ella considera que era el propio Miguel Ángel y le pidió ardientemente: “Dame un hijo”. Se lo dio pero la criatura murió en Paris el mismo día que estallan las hostilidades de la guerra del 14. Sus otros dos hijos habían muerto asfixiados dentro de un automóvil donde en compañía de su aya aguardaban la salida del teatro de la actriz. Hubo médicos, tenores y el propio Essenin y Stanivslaky. Viajó por todas las capitales del mundo, hospedándose en los grandes hoteles de lujo, pero siempre sin un duro. Para sobrevivir tuvo que pignorar las sortijas y el collar de diamantes regalado por alguno de sus admiradores. Berlín, Budapest, Nueva York, Petrogrado y Moscú, Atenas, Río, Buenos Aires, fueron las capitales donde puso en escena esta amada de una de las nueve musas Terpsícore. A pesar de su repulsión hacia el ballet y teniendo en cuenta que éste nació en Rusia es en San Petersburgo, en Moscú y en Kiev donde su arte es mejor entendido. La Duncan no robó el fuego a los dioses; sólo quiso devolvérselo pero lo pagaría caro. Y fue en su amada Rusia donde consigue sus mayores triunfos por ese carácter bizantino del carácter ruso que no concibe el culto a la divinidad sin la música como vehiculo de aproximación y el canto coral. Su idea obsesiva fue la creación de una escuela de danza al objeto de que desde su más tierna infancia las aprendices del arte de Cibeles y educasen los miembros de su cuerpo en ritmos, balanceos, piruetas y saltos. Entre los griegos la danza era sagrada y formaba `parte de la educación. Isadora viajó por el mundo ofertando esta idea a los gobiernos. Únicamente uno el de la URSS la acepta. No obstante, nada más llegar a la Rusia revolucionaria, donde contrae nuevas nupcias con el poeta Essenin, que acaba suicidándose en 1925 (la vida de esta artista estuvo dominado por un “pathos” que la persigue a través de sus días de dolor y goce cual negra sombra,, se da cuenta de las dificultades y regresa desilusionada a Occidente. El 24 de septiembre. De 1927 en Niza yendo en automóvil su echarpe se enrosca en las ruedas del coche y la estrangula. Sus ideas sobre la resurrección del canto y la danza dejó un sustrato preliminar para la reforma del ser humano. El “homo sovieticus” va a ser de esta forma un hombre coral, parte de un todo, lejos del individualismo del jazz o del rock que es el envés por la fealdad y el culto antiarmónico que Isadora Duncan se propuso transmitir al mundo. Para convencerse de este concepto no ha de hacerse otra cosa que escuchar por ejemplo a los Coros del Ejercito Rojo o entusiasmarse con una danza cosaca que proviene de una ciencia que conocían a la perfección los griegos y que se denominaba orquéstrica y que abarcaba los bailes sagrados de las coribantes, los himnos a Dionisio y a Cibeles, los cantos en rueda de los histriones. Por la danza hacia dios y en todo baile incluso en el taconeo flamenco o el girar del derviche existe un lado místico. Los hebreos danzaban en torno al Arca de la Alianza. Los salmos penitenciales no se pueden entender sin el acompañamiento de la citara y el arpa. Otrosí, las pantomimas romanas o el teatro de Plauto, Esquilo, Sofoques, Aristofanes revestido de máscaras y calzando el clásico coturno. La iglesia romana prohíbe estas manifestaciones por un breve del papa Zacarías el año 744. Sin embargo, en la iglesia griega perduraron según nos atestigua la Duncan cuando uno de los popes que vino a bendecir la primera piedra de la casa que quiso construir frente al Partenón... pero si el teatro y el baile es arrojado fuera en Occidente del atrio de las iglesias (allí precisamente nació) perdura en la mentalidad popular. La poesía conserva su carácter juglaresco en la edad media siendo cantada y bailada. Y luego durante el siglo XVII en España uno de los países donde el baile tuvo más arraigo popular se danzaba la gallarda, la chacona, la zarabanda, el turdión, la pavana, la mazurca, el gambeto y el vals. Esta ninfa norteamericana que fue por libre en la vida adelantándose a su tiempo es la percusora, a través de su idea motriz de los Estados Unidos es un país con música, quizás se dio cuenta de la importancia que ha tenido el dancing en la vida del mundo occidental. Todas los jóvenes cantan los blues de sus interpretes favoritos (Vétales, Rolling Stones, toda suerte de rock, jazz) el planeta tierra a partir de las notas de sus canciones ha estallado aunque3 ciertamente estas notas no concuerdan con la armonía que soñaba la Duncan (San Francisco 1877- Niza, 1927)